EL JUEGO Y EL VALOR DE LA REALIDAD


Siempre que se habla de la niñez y de sus derechos nos viene inmediatamente la idea de la necesidad de esgrimir un problema del que casi nunca se habla: la parte del tiempo que le concedemos para jugar, y la parte que monopolizamos para la enseñanza de ciertos deberes, para transformar a los niños en adultos.                                                        
Fue durante la Segunda Guerra Mundial que se reconoció a la infancia por sí misma y su valor como un período que tiene su importancia propia, y que no es solamente un corto pasaje antes de la edad adulta. La infancia es, fundamentalmente, una alegría vivida, o ausente, durante los primeros 10 a 15 años de vida de cada uno. Una alegría que sólo recientemente fue tomada en consideración y reconocida por la mayoría de las instituciones que se ocupan de la niñez.  Mas, desde hace algún tiempo -y de hecho, después que se descubrió la rentabilidad de la infancia y el provecho que había en transformar a los adolescentes en consumidores- muchos estados modernos y algunas empresas encaminan precozmente a la niñez a ciclos de aprendizaje y preparación laboral, determinando así su transformación en un elemento útil para el rendimiento comercial.
Si rápidamente adelanto las nociones de “rentabilidad”, “calidad de vida”, “tiempo para jugar”, “tiempo para aprender”... es porque estoy sugiriendo una confrontación. ¿En qué medida el juego puede ser una actividad creativa? ¿Por qué es diferente al trabajo? ¿En cuánto es diferente a los ejercicios de aprendizaje? ¿Cuándo es educativo?...                            
En una obra que se tornó clásica por su importancia, el juego es definido como una acción libre, sentida como ficticia y situada fuera de las obligaciones de la vida corriente. Esta palabra, “libre”, es muy importante en el acto propio de una persona. El juego es, por excelencia, una actividad libre. Y la palabra “actividad” tiene también su importancia, pues resulta un hecho ficticio en la práctica, pero es, sobre todo, una actividad en movimiento. El juego no es la nada, ni la ausencia de esfuerzo. Es alguna cosa que el niño realiza.
Es una actividad libre sentida como ficticia, lo cual quiere decir que ella está localizada fuera de la realidad objetiva, mas aportando siempre una verdad personal para aquel que la realiza... Al contrario del reposo, que es la falta de actividad, el juego es una acción continua y muy dinámica. En contraste con las actividades dirigidas, jugar es una acción libremente escogida, sin ser la resultante de ninguna obligación. Los deberes -sean en la escuela, en la familia o en otro lugar- no son escogidos. Pueden ser aceptados como estrategia. Esto es, el niño asume un cierto deber para obtener más tarde una recompensa en otro nivel. Así, si acepta hacer este deber en casa será más apreciado por sus padres; si es en la escuela, el profesor le dará mejores notas... estas son actividades con vista a objetivos distantes de la propia acción.
A diferencia del trabajo, jugar no tiene ningún interés fuera de sí mismo. En el trabajo hay siempre una estimulación exterior. El trabajo es avalado en función de una remuneración. El valor del juego no está en relación con el rendimiento; él tiene valor por sí propio, en tanto que el trabajo es siempre ponderado por el cálculo en términos de dinero, de producción de utilidades. Digamos que la utilidad del juego es jugar. Corresponde al impulso lúdico en los mamíferos inteligentes.
El juego no produce nada además del placer de jugar, el que tendrá evidentes consecuencias psicosomáticas y muchos otros efectos sobre la estructura de la personalidad. Y esto es compartido incluso por autores que preconizan su uso como instrumento pedagógico en la escuela. Esto, consecuentemente, permite mostrar que es diferente jugar en el ámbito de la escuela que en otro lugar, porque el juego utilizado como medio didáctico no presenta un interés de “juego por el juego”, sino que es la motivación para ciertos aprendizajes. Y entonces el aprendizaje se convierte en objetivo del juego... connotación que es preciso tener en consideración porque muchas veces, con la apariencia de un seductor programa de juegos con juguetes para el pre-cálculo y la ortografía, podemos presentar una inadecuada proposición de escolarización precoz.   
Las actividades lúdicas presentan un desfasaje en relación con la realidad... se trata de una ficción en la cual se cree firmemente. En la realidad social podemos, en muchos casos, asumir una representación como simulación, pero no en el juego. El jugador que no crea en su juego no estará ya jugando. El procurará hacer ver que juega cuando en realidad desarrolla una estrategia que se refiere a otro dominio. En la vida a veces realizamos una actividad con otras intenciones que las aparentadas. En el juego esto es imposible, porque actuar por otra razón significa colocarse fuera del juego.
Utilizar el juego y los juguetes con otro objetivo trae siempre problemas para los educadores. Que el adulto simule que juega para agradar al niño no es realmente satisfactorio, porque este es lo bastante perspicaz como para sentir que el adulto no participa en el juego con las mismas intenciones que él. Para caracterizar el juego es preciso que la acción sea ficticia y real al mismo tiempo. Ficticia porque está fuera de la realidad; real porque es necesario que los que estén implicados en el juego crean en él.                                
Durante el juego se opera un relajamiento de tensiones, de conflictos y de otras complicaciones de la existencia real. La vida real no puede ser definida de otro modo, a no ser por las preocupaciones, por ser un encadenamiento del ayer, del hoy y del mañana. Al contrario, el juego hace una ruptura y nos coloca fuera de esa secuencia de preocupaciones. Resulta una actividad muy importante a nivel psicológico, porque es un momento de liberación de tensiones y de reequilibrio personal.
Así, cuando los conflictos exteriores son intensos, la mejor reacción es disponerse a jugar. En vez de defendernos con la adopción de una conducta alienada, nos aliviamos de tensiones jugando en otro mundo, que no es anormal, pero que nos desliga del conflicto.       
Entregándose con alegría a sus actividades lúdicas el jugador se recupera y protege, porque puede en el juego abandonar sus preocupaciones, siendo llevado para otro universo, el del juego, donde puede vivir también como otros personajes... Más tarde podemos retornar a la realidad distintamente preparados por el hecho de haber experimentado otro comportamiento.                              
Todo jugador experimenta sus capacidades y se prepara para ser mejor: ejercitándose se perfecciona. Cada cual pone en juego sus posibilidades en relación a una “realidad” cuyas reglas (de juego) él domina. En tanto que en el mundo real son los elementos exteriores (otros poderes y circunstancias macro estructurales) los que dan las cartas. Así, otro aspecto muy importante del juego es que todos están en igualdad de posibilidades... Porque todos somos iguales ante las reglas.
Esto no acontece en la vida real, que está organizada por sistemas donde la mayoría de las veces los niños y la mayoría de los ciudadanos ignoran las reglas decididas por otros en otro ámbito. En la realidad objetiva los “jugadores” no están colocados de igual manera delante de las “reglas del juego”... Cada uno estará colocado en diferentes situaciones de jerarquía, precisamente según el nivel de su poder para dominar las “reglas del juego”. En la vida real estas son desigualmente conocidas: a veces algunos tienen la clave de las reglas en rigor, en tanto otros solamente se someten a ellas. En la práctica, el dominio de sus reglas es fundamental como prefiguración de la realidad, razón más que suficiente para afirmar que son una acción importante.
El juego ofrece posibilidades de entrar en relación, real o imaginaria, con otros de diversas formas. Simultánea o alternadamente el juego significa confrontación y colaboración, antagonismo y cooperación. Jugar uno contra otro es también jugar juntos. Ambivalencia importante: en el juego todo compañero es muchas veces un adversario, y todo adversario es un compañero. Aquí está su gran diferencia con el deporte. Y es así, porque no existe en el juego la noción de derrota que existe en el deporte.
En el juego cada cual escoge a quien más le gusta como compañero, y al mismo tiempo escoge a su adversario. Una selección que significa confrontación y encuentro simultáneamente. Tal es la socialización a través del juego, gracias a la presencia del otro, adversario que resulta además compañero... “y es así como yo aprendo a colocarme en lugar del otro. En la medida en que él resulta tan importante como yo en el juego, él se vuelve yo, y yo me transformo en él”. Y es esta relación de identificación y de alternancia la que nos permitirá, más tarde, comportarnos con flexibilidad, indispensable para la salud psíquica, para asumir diversos papeles y para comprender a los demás.
Se trata, igualmente, de medir nuestras fuerzas, condiciones y posibilidades, bien en relación con nosotros mismos, frente a diversos obstáculos, o en comparación con otros. Jugando afrontamos una situación de prueba, y esta provoca una organización de nuestros recursos personales. Así, en caso de retomar hoy el mismo juego de ayer no actuaríamos de igual forma. Frecuentemente el juego es una confrontación en forma de competencia que, felizmente, no siempre se dirime en términos de victoria o de derrota. El aspecto fundamental está en un desafío o diversión.
Por detrás del juego se proyecta siempre una idea: ¿será que me divierto o me aburro? De hecho, el único fracaso de los juegos es no divertir y tener que suspenderlos. Siendo el juego una invitación a la diversión (la única condición permanente que existe en él), el día en que no dé más alegría, no será más un juego.                              
Todo juego se revela como una totalidad organizada, a veces con reglas muy simples, que pueden estar en la repetición de un movimiento a fin de reencontrar un placer descubierto por casualidad, hasta reglas de funcionamiento codificado. El juego más simple es el del bebé que con algunas semanas de edad descubre el placer de mover un dedo o una mano. La regla del juego aparece: “como obtuve placer al hacer este gesto... ¿seré capaz de reproducirlo”.
Es la ocasión para cada uno de descubrirse tal cual es, acto gratuito, solamente en nombre de la gratificación del acto. En tanto que en la vida objetiva el principio de la realidad incide de tal modo que al final de cualquier manifestación recibimos un rótulo: más inteligente, no muy bueno, más prestigioso, menos dotado... Esto que diferencia al juego de cualquier otra actividad es su valor de gratuidad, de placer inmediato.
Es un fenómeno particular. Una actividad gratuita que no debe ser utilizada para otros intereses y que desarrolla aspectos significativos de la personalidad. Es así que se aprende a ser honesto, a ser lo más posible idénticos a nosotros mismos, a no hacer trampas...   
Se trata siempre de una confrontación consigo mismo, y cuanto más jugamos más posibilidades hay de que seamos auténticos y sinceros, porque en el juego no nos podemos engañar, en tanto que en la realidad social sí somos capaces de engañar a otros. El sistema puede muchas veces premiar al que hace trampa.     
Es en este nivel en que el juego puede responder a condiciones educativas mucho más profundamente que las actividades regidas por la sociedad global. Cuanto más reglamentaciones hay, menos posibilidades para que el niño elabore por sí mismo sus propias reglas. Cuanto más le presentamos situaciones hechas -ante las cuales deberá someterse o hacer trampas para escapar al cuadro rígido-, menos le proporcionamos situaciones abiertas en las que pueda descubrirse auténtica y creativamente, y todo eso con alegría.
Gracias al juego el niño se torna menos subjetivo, reconoce la objetividad del exterior, lo que le facilita una importante evolución para el futuro. Muchas dificultades provienen de que un gran número de personas confunden sus ideas con su ego, y sus afirmaciones con su identidad personal, como consecuencia de un egocentrismo muy grande. En este caso no hay forma de discutir con esas personas, porque cuando las contradecimos ellas se sienten amenazadas en su identidad. Habiendo jugado probablemente muy poco, conservan durante mucho tiempo su egocentrismo.  
Es a través de la actividad psicomotora, predominantemente en los juegos que incluyen movimiento corporal, cuando surge la diferenciación del mundo de los objetos y de los sujetos. La psicomotricidad es un factor que comienza con la exploración del mundo, así como con el descubrimiento de nuestro cuerpo. La coordinación psicomotora es una cualidad directamente ligada a la expresión del cuerpo, porque todo movimiento tiene una connotación psicológica de sensaciones, porque es la resonancia de una respuesta encontrada, y todas las respuestas que de ahí deriven no son, de inicio, más que un gesto físico que engendra afectividad.
La educación corporal espontánea a través del juego adquiere una importancia primordial por el conocimiento inmediato de sí mismo y por la experiencia directa de todo descubrimiento, porque el cuerpo sostiene la presencia personal en el mundo.                                      
El esquema corporal es así basado en estos fenómenos de exploración, de imitación, de evolución en el campo social. Cuanta más ocasión tengamos de jugar, de entrar en contacto con las cosas, más podemos favorecer un esquema corporal mejor integrado, más amplio. Cuanta menos ocasión tengamos de jugar, menos podemos experimentar esos descubrimientos referidos a nosotros mismos, a los objetos, a la separación, a la conceptualización, y finalmente menos nuestro esquema corporal podrá constituir un elemento de apoyo para nuestra personalidad. La imagen del individuo, sustentada por su esquema corporal, es construida por la integración en sí mismo de la experiencia vivida por su cuerpo en el mundo, en relación con los otros. Ella es base de apoyo operacional. Los niños que la estructuren mal van a revelarse a través de diversas disfunciones: dislexias, disgrafías e impericias multiformes, inclusive aquellas comprendidas frecuentemente en el lenguaje.
Todos estos problemas, que son actualmente tratados en un abordaje de reeducación, y para cuya solución se inventa una cantidad de ejercicios, ocurren por el hecho de que faltó tiempo de experiencia necesaria para madurar el sistema psicomotor, tiempo de elaborar el esquema corporal a través de los juegos de movimiento.                             
Por el juego, la psicomotricidad del niño se desenvuelve siguiendo su propio ritmo de maduración y favoreciendo el descubrimiento del mundo circundante. Es jugando como el niño aprende a ocupar su espacio en la vida. Mas hoy, dos dominios -urbanismo y escuela- están en oposición con lo que acabamos de decir...               
La sociedad industrial, demasiado pragmática, considera al niño como un ser a prepararse tan rápido como sea posible para las tareas de la producción. Ella posee engranajes que quieren transformar al niño rápidamente, primero en adolescente preocupado por su futuro, y seguidamente en adulto colocado en el trabajo (peor es la situación de los que están desempleados). Todo esto siendo diametralmente opuesto a las características de espontaneidad e ingenuidad de la infancia, que juega sin ninguna preocupación de rentabilidad.
Por otro lado, los juegos significan un descubrimiento del mundo y de la afectividad personal en la diversión, en cuanto que la vida en la escuela es un reconocimiento al rendimiento, y la escolarización nos amarra a una referencia en términos de fracaso-suceso, que finalmente lleva a una calificación que conceptúa al niño de acuerdo con una escala de valores predeterminada.                                                    
En el modernismo contemporáneo la verdad no es más la consecuencia de un descubrimiento; todo parece reducirse a la asimilación de reglas ya inventadas. La expectativa del resultado modifica toda la situación. Tanto más cuando este rendimiento -sea en la escuela, sea en otro lugar- es siempre calificado y clasificado con referencia a una norma externa. Nosotros no sólo privamos a la niñez de hacer sus propios descubrimientos a través del juego; nosotros la condenamos, también, a medirse con una evaluación didáctica que ya espera. De ese modo, los niños que tengan la oportunidad de ser aprobados serán valorizados; los que no la tuviesen, además de ser privados de hacer sus propias experiencias psicomotoras, serán también precozmente calificados como fracasos. Hoy sabemos que una dificultad escolar significa también una gran dificultad de inserción social.
Cuando en la escuela se utiliza una semejanza de juego como medio pedagógico a fin de inculcar en el niño parte del programa, se engaña a este mismo niño. En verdad este “juego” es apenas aparente, porque el niño no domina las cartas; el adulto las impone con vista a una respuesta predeterminada y esperada... No es más, entonces, el propio proceso de desenvolvimiento infantil lo que descubre; descubre conocimientos, pero no se descubre a sí mismo. No es más la ficción del juego lo que está en acción, sino aquellos principios del sistema en vigor, que quiere decir, una clasificación de rentabilidad. En la situación de “aprender jugando”  con base en una lógica escolar, no es lo imaginario y creativo del juego lo que importa; por el contrario, es la realidad del resultado descontado lo que domina el proceso.
Nosotros nos inscribimos en una corriente de ideas que piensa que hoy es tiempo de modificar la orientación de nuestras implicaciones educativas, que una modificación, de referencias epistémicas, se impone: escoger otros caminos alternativos de aquellos trazados por el continuismo pedagógico que acabamos de transitar. Una respuesta esperada es la de la práctica de una animación lúdica que retome la confirmación del impulso lúdico.
Mas, el juego es también beneficio para los adultos, y la animación lúdica puede, a veces, presentarse como una actividad que reúne a varias generaciones. La animación en las ludotecas puede ser un lugar de recreación con una heterogeneidad de edades, donde la alegría de los actores es compartida entre varios compañeros de juego, con o sin juguetes.    
La animación lúdica da un nuevo cuadro social, que retira la predeterminación del encuentro interpersonal sociabilizado por el “estatuto”. Para los adultos, los juegos abren de nuevo una puerta de libertad, de comunicación y de expresión personal. Ante la crisis, tenemos necesidad de creatividad. Los juegos son tal vez la actividad más propicia para desenvolver el gusto por esta libertad necesaria de creatividad, y finalmente procurar otros valores sociales que propicien una mejor construcción del futuro para todos. 

  • Raymundo Dinello (Pedagogo e investigador, Uruguay)


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