TRIARQUÍA EN LA ALTERNABILIDAD (Pedro Fulleda Bandera)

 TRIARQUÍA

Significa “reinado de tres”. El 3 es el número mágico de la existencia, expresión de la máxima estabilidad con el mínimo esfuerzo; menos (1,2…) es muy poco; más (4…) es demasiado.

Para andar en monociclo hay que ser un experto; algo menos se requiere para hacerlo en bicicleta, sobre dos ruedas; los vehículos automotores requieren cuatro, pero son innecesarias, pues pueden funcionar con tres, como los triciclos; incluso los carromatos con tracción animal, carrozas y quitrines tienen sólo tres puntos de apoyo: ambas ruedas y el noble bruto que tira de ellos. Un individuo parado en un solo pie es inestable; sobre los dos adquiere equilibrio en un eje (transversal o longitudinal), pero no en los dos, por lo que puede caer; pero, apoyado en un bastón crea una base de sustentación triangular que le permite retar a la gravedad incluso teniendo una edad avanzada.

El triángulo es la figura geométrica que resume el equilibrio universal y a los sistemas de poder en la naturaleza y en la sociedad, con su amplia base y su exclusiva cúspide; y no por gusto se empleó como inspiración para las estructuras más sólidas y permanentes creadas en la historia humana: las pirámides.

En la naturaleza, incluso el ciclo de las estaciones, el proceso más estable y permanente que ocurre en nuestro planeta, tiene tres momentos significativos (a pesar de que las estaciones son cuatro): la primavera es el florecer, el renacimiento de la vida, el verano es el calor intenso, la tendencia al reposo, mientras que el invierno es el crudo frío, tiempo de tempestades. Renacimiento, reposo y convulsión, como engranajes en el decursar de la existencia. El otoño es simplemente un momento de transición entre verano e invierno, por lo que comúnmente se diluye entre ellos.

En la sociedad el 3 asegura la aplicación básica de la democracia: la toma de decisiones por la mayoría. Con él no es posible un empate en la votación: o unanimidad o superioridad. De modo que aplicar la triarquía, el principio del 3, a las estructuras y procesos sociales, puede contribuir de forma notable a su estabilidad y equilibrio sobre normas absolutamente democráticas, lo cual es el empeño común de todas las tendencias políticas.

ALTERNABILIDAD

Llegar a la cúspide de la pirámide para ejercer su poder es la máxima aspiración de todos los integrantes de un sistema social, y para alcanzarla se enfrascan en pugnas políticas por diversas vías. Una vez que lo logran, el empeño es mantenerse indefinidamente en esa posición de privilegio, no cediéndola a sus adversarios. Pero, tal como ocurre con las estaciones en la naturaleza, el verdadero equilibrio se obtiene cuando entre los participantes se aplica la alternabilidad en el ejercicio del poder.

El verano no puede nunca presentarse antes que la primavera, y tampoco extenderse más allá del otoño. Es ley inviolable para asegurar la estabilidad en la existencia, que cuando un elemento agote sus posibilidades ceda el paso al siguiente, para esperar su próxima ocasión, en ciclos que se extienden indefinidamente.

La alternabilidad en la esfera social consiste en la posibilidad real de que varios protagonistas (partidos políticos…) puedan ocupar la cima en la pirámide, accediendo al poder de forma reglamentada y obligatoria, donde desarrollen sus propuestas de gobierno durante 3 años (¡menos es muy poco; más es demasiado!), vencidos los cuales cederán forzosamente su lugar al protagonista siguiente, en un orden previamente establecido por el máximo órgano legislativo del país (Congreso Nacional). Después, les tocará esperar la repetición del ciclo para volver a disfrutar de este derecho.

 Los ciclos de alternabilidad estarían dados por el número de protagonistas en el proceso, que deben ser, recomendablemente, 3 (¡menos es muy poco; más es demasiado!). Para ganar un puesto en el “pelotón de arrancada” los partidos políticos tendrán que competir, durante el período de tiempo que establezca la Ley, en la obtención del favor de la opinión pública, recogiendo adhesiones que serán luego evaluadas por la máxima autoridad legal (Tribunal Supremo de Justicia), que decidirá cuáles tres partidos serán incluidos en el venidero ciclo, y cuáles de los que ya estaban serán excluidos por haber perdido el apoyo popular. Con tres partidos cada ciclo será de 9 años (menos que lo que muchos aspirantes han dedicado a esperar “un chance”, en el sistema actual).

ELECCIÓN UNIVERSAL

La alternabilidad no significa eliminar los procesos electorales. Ellos tienen que ser expresión de la voluntad popular para elegir a sus gobernantes. Lo que la alternabilidad asegura es qué partido político estará en el poder en cada trienio del ciclo. Pero igualmente se convocará a elecciones, pues en el partido de turno debe haber varios aspirantes a Presidente, entre los cuales la población elegirá al de su preferencia, quedando como Vicepresidente el del segundo lugar. En este caso las campañas políticas preelectorales no serían con promesas de programas y compromisos muchas veces demagógicos, como en la actualidad, pues todos los candidatos responderán a una misma línea: la de su partido, en turno para el ejercicio del poder. Las campañas se basarán exclusivamente en el conocimiento de la ciudadanía sobre los valores, virtudes y prestigio de cada candidato. Se evaluará lo que haya hecho durante su vida hasta el momento, y no lo que vaya repitiendo como propuesta por hacer…

Las elecciones serán universales, pues además del Poder Ejecutivo se elegirá a los asambleístas al Congreso Nacional mediante la postulación libre de candidatos por todos los partidos inscriptos, para obtener una representación de un asambleísta por cada municipio del país (¡no más!), como expresión de la democracia representativa y del poder popular. También se elegirá a los órganos de Gobierno intermedios (alcaldes, prefectos, gobernadores… según el sistema local), así como a los miembros de los concejos municipales, en este caso en cantidad proporcional a la población del territorio, y con cuotas iguales para hombres, mujeres y minorías étnicas (estos últimos sólo para asegurar que estén mínimamente representados, pues igualmente podrá haber negros o indígenas entre elegidos como hombres o mujeres).

Los procesos de elección universal tendrán lugar cada tres años: en noviembre del último año de gobierno del partido en turno, a fin de que diciembre siguiente sea período de transición, y en enero del venidero año inicien los nuevos gobernantes. Y para esto ¡no se requerirá Consejo Electoral!, pues será misión del Tribunal Supremo de Justicia organizar y arbitrar todo el proceso.

ESTADO MINÚSCULO

Reducir el tamaño del Estado no sólo contribuye a combatir la burocracia y las tendencias a la corrupción, sino además disminuye el gasto social y perfecciona el funcionamiento del Gobierno. Propongo la siguiente composición:

1) Ministerio de Gobierno: Registro Civil, Archivo Nacional, prensa y comunicaciones, coordinación interestatal, y Defensa Civil para emergencias.

2) Ministerio de Sociedad y Medio ambiente: trabajo y seguridad social, inclusión, cultura, deportes, turismo, cultos, y atención a la naturaleza.

3) Ministerio de Educación: todos los niveles educacionales, desde las guarderías hasta las Universidades.

4) Ministerio de Salud: todos los niveles preventivos y asistenciales de salud, higiene ambiental, registros sanitarios, y situaciones de emergencia.

5) Ministerio de Transporte: todas las vías de transportación pública, terrestre, naval y aérea, así como de investigaciones y desarrollo en el área.

6) Ministerio de Construcción: creación de infraestructuras y edificaciones, planes habitacionales, obras viales y complejos hidráulicos.

7) Ministerio de Producción Alimentaria: agricultura, ganadería, avicultura, pesca, y demás formas de obtención y producción de alimentos.

8) Ministerio de Desarrollo: áreas industriales, ligera, básica, pesada, biotecnológica, así como de investigaciones en ciencia y tecnología.

9) Ministerio de Producción Minera: explotación de yacimientos petroleros y de otros minerales, así como de investigaciones en el área.

10) Ministerio de Finanzas y Comercio Interior: control bancario, manejo de divisas, políticas comerciales internas, control de calidad y precios.

11) Ministerio de Relaciones y Comercio Exterior: esfera internacional del Estado.

12) Ministerio de Institutos Armados: Policía Nacional, Inteligencia y Seguridad, Ejército, Marina, Aviación, y convenios militares internacionales.

PODERES DEL ESTADO

Poder Ejecutivo:

· Presidencia.

· Vicepresidencia.

· Secretaría Ejecutiva.

· Consejo de Ministros. 

Poder Legislativo:

· Congreso Nacional.

· Comisiones Parlamentarias. 

Poder Judicial:

· Tribunal Supremo de Justicia.

· Tribunal Constitucional.

· Tribunal de Cuentas.

· Cortes Judiciales.

VOLUNTAD POPULAR

En correspondencia con la alternabilidad y los procesos electorales trianuales, el ejercicio de la voluntad popular es el principal recurso de la democracia, materializándose mediante consultas y referéndums que sean convocados por cualquiera de los tres poderes del Estado, con idéntico peso en la obligatoriedad de llevarlos a cabo. Pueden tener como motivación principal: definición y aprobación de políticas y acciones que no se opongan o modifiquen de algún modo a la Constitución de la República, procesos de análisis de la gestión presidencial y derogación anticipada de su mandato, evaluación de estados de opinión pública sobre asuntos de interés nacional o internacional. Aquellos aspectos que conlleven modificaciones a la Carta Magna deberán ser aprobados previamente por el Poder Legislativo y presentados a consulta popular como enmiendas constitucionales. Si el volumen de las mismas lo impone requerirán de la convocatoria a una Asamblea Constituyente, única instancia facultada para realizar cambios profundos y radicales a la Constitución vigente, o elaborar una nueva.

EPÍLOGO

La sociedad es la más grande obra humana. Se comenzó a construir desde que los primeros individuos sobre el planeta comprendieron, sin siquiera meditarlo, que sólo uniendo sus fuerzas podrían vencer al poderoso smilodon, cazar al colosal mamut, calentarse en las frías noches, recorrer largas distancias, sobrevivir, en definitiva, en medio de la naturaleza hostil que les rodeaba. Luego que apareció, toda la existencia en el planeta Tierra fue compartida por esas dos colosales entidades: la naturaleza y la sociedad. Con el desarrollo del Homo sapiens la sociedad fue imponiéndose progresivamente a la naturaleza, y hoy ha llegado a convertirse en su dominador por excelencia, e incluso, fatalmente, en su peor devastador. La devastación progresiva de la naturaleza, como resultado del incontrolable desarrollo científico y tecnológico de la Humanidad, pondrá en serio riesgo de aniquilamiento a la sociedad, reduciendo las condiciones de vida en el planeta, hasta convertirlo en una devastada roca en órbita alrededor del Sol.

 Hoy la ciencia cósmica se plantea el reto de llegar Marte y colonizarlo mediante un ingente empeño de terraformación, argumentando que eso podría ser, tal vez, la salvación de la Humanidad cuando la Tierra, como consecuencia del tenaz empeño de marteformación que viene aplicando inconscientemente la civilización, quede en las actuales condiciones del planeta rojo. Yo digo que es mucho más fácil y sensato evitar la marteformación de la Tierra, cuando aún estemos a tiempo, que pretender terraformar a Marte. Entre el planeta rojo y el planeta azul, me quedo definitivamente con el nuestro. Pero, para eso es indispensable que una conciencia colectiva universal se apodere de todos los seres humanos, de todas las naciones, de la Humanidad en general, con la certeza de que pertenecemos a una misma especie, con iguales necesidades y derechos, por lo que a bordo de esta única nave sideral correremos juntos la misma suerte: o mejoramos la imprescindible relación entre la sociedad y la naturaleza para llegar al destino que nos espera en las estrellas, o sucumbiremos irremediablemente en el empeño…

 

¿QUÉ ES MÁS IMPORTANTE, LAS CAUSAS O LOS MOTIVOS?

 

Uno de los principales retos que afrontan las personas en su cotidiano quehacer es comprender por qué ocurren los múltiples y en ocasiones inesperados sucesos que rodean su existencia. Y esto es muy importante, pues de ello depende una toma de decisiones acertadas para salir exitosos en cada caso. Ante la influencia de factores externos, que constantemente llegan por diferentes vías y agentes, tanto ambientales como humanos, las personas tienen dos tipos básicos de actuación: de manera reactiva y de forma racional.

El modo reactivo responde a instintos propios de nuestra condición animal, inscriptos indeleblemente en nuestros códigos genéticos, por los cuales toda acción provoca una reacción. De modo que obramos instantáneamente, sin que medie una evaluación de los hechos y las circunstancias en que se producen, con el único interés de la preservación individual, desencadenando lo que se conoce como instinto de conservación. Así, si escuchamos un disparo en nuestra cercanía la reacción inmediata será encoger el cuerpo, bajar nuestra altura corporal, y no ponernos a discernir sobre dónde se produjo la detonación o qué grado de amenaza representa para nosotros. Es una reacción que puede salvarnos la vida, pero que igualmente nos puede hacer correr en la dirección equivocada.

El modo racional responde a procesos mentales propios de nuestra condición humana, y por tanto exclusivos del Homo Sapiens, por los cuales sometemos toda influencia sensorial al filtro de la racionalidad, a partir del conocimiento adquirido tanto por la experiencia personal como por el aprendizaje, para evaluar el nivel de amenaza a nuestra integridad, y entonces actuaremos en consecuencia no de forma impulsiva, sino consciente. Un ejemplo para ilustrarlo: estamos en un descampado, y escuchamos el poderoso estallido de un trueno; lo reactivo es arrojarnos de inmediato al suelo, para no ser el objeto más elevado en el entorno, lo cual es adecuado, pero sin dudas innecesario, porque la racionalidad nos indica lo siguiente: el trueno que escuchamos ya no nos alcanzará, pues la descarga eléctrica viaja más rápido que el sonido, y si logramos oírlo es porque ya cayó en otro sitio, y además, si lo hemos leído en algún sitio sabremos que el tiempo entre el relámpago que anuncia la caída del rayo y el trueno correspondiente permite calcular a qué distancia estamos del fenómeno, si se acerca o se aleja, por lo que tal vez estemos en condiciones para llegar, tranquilamente, a un lugar seguro.

De modo que las respuestas racionales son las más adecuadas ante factores externos de diversa índole, sin olvidar, por supuesto, que en numerosas ocasiones la magnitud del peligro obliga a actuar de forma reactiva, cuando es evidente una amenaza inminente, pero incluso en estos casos extremos saldremos mejor parados si estamos preparados, lo cual es un resultado de la racionalidad en nuestro comportamiento habitual.

El secreto está en desarrollar la capacidad de prevenir y actuar frente a riesgos y amenazas del entorno, con lo que nuestras reacciones no serán primitivas, sino que responderán a habilidades conscientemente adquiridas y perfeccionadas. Es lo que ocurre con un maestro en artes marciales que, inesperadamente, recibe un asalto en la calle; su preparación racional le permitirá responder instintivamente al ataque con más efectividad que alguien no previamente preparado, devolviendo no manotazos al aire, sino contundentes maniobras que aniquilen a los agresores.

Los casos extremos que he puesto como ejemplos no se dan, afortunadamente, todos los días y en todos los contextos. Pero, lo que sí se da continuamente son situaciones provocadas por el comportamiento de las personas que nos rodean, incluso nuestros seres más queridos en el seno familiar, generando estados de ánimo desagradables y traumáticos, ante los cuales tendremos, inevitablemente, dos maneras de responder: de forma reactiva o de modo racional.

La primera generará sin dudas un conflictivo círculo de acción-reacción, que de ningún modo permitirá resolver el problema, sino más bien lo agrandará. En cuanto a la segunda, es obviamente la respuesta adecuada, pero para eso tendríamos que estar preparados para el correcto ejercicio de nuestra racionalidad.

Todos los seres humanos pertenecemos a la especie Homo Sapiens, el “hombre que sabe”, que apareció en el planeta hace más de 300 mil años para finalmente conquistarlo, superando a las demás especies de homínidos e incluso a la propia Naturaleza. La Antropología otorga una definición superior a nuestra especie, con el nombre Homo Sapiens Sapiens, que significa “hombre que sabe que sabe”. Pero, fatalmente, esto no identifica a toda la diversidad de seres humanos que han existido, existen y existirán sobre la Tierra, pues, si bien todos poseemos, por dictamen genético, la propiedad de ser inteligentes, muchísimos más que los deseados no tienen la capacidad necesaria para ejercer de forma adecuada dicha propiedad. En resumen: “no saben que saben…” Para ese elevado por ciento de seres humanos la racionalidad es un concepto desconocido. Y todas sus acciones en el cotidiano quehacer están dictadas por un brutal y primitivo principio de reacción, con sus catastróficas consecuencias tanto en el plano familiar como social.

La clave para desarrollar y aplicar la racionalidad en nuestras acciones es muy sencilla, y así como el modo reactivo se basa en la fórmula acción-reacción, el racional tiene como fundamento otro modelo: el de causa-efecto. El fundamento de dicho modelo es un principio inherente a la propia existencia material en el Universo: todo proceso, no importa su naturaleza y magnitud, es el efecto de una causa que le da origen, y a la vez se convierte en causa de un efecto subsiguiente, en un proceso indetenible de transformaciones dialécticamente indetenible a todo lo largo de la existencia. Nada escapa a esta dinámica, desde las infinitas extensiones cósmicas hasta las relaciones interpersonales en la sociedad humana.

Para diversas corrientes filosóficas a lo largo de la historia del pensamiento científico el determinismo es la piedra angular para explicar la existencia, resumiéndose como que todo efecto está determinado por una causa, y se convierte a su vez en causa de un nuevo efecto, en una espiral ascendente de desarrollo mediante una acumulación de cambios cuantitativos que provocan transformaciones cualitativas. Incluso fenómenos caóticos e imprevistos, muy comunes en la existencia, responden a procesos causales, en algunos casos sumamente complejos y difíciles de comprender, y en otros aún desconocidos por la ciencia.

Pero, dejando de lado las complejidades del quehacer científico, es posible en la simple cotidianeidad de las relaciones interpersonales aplicar los fundamentos de un determinismo efectivo y singular, desarrollando la capacidad para descubrir, en las acciones de quienes nos rodean, las verdaderas causas, y no aquello que pudiera justificarlas a simple vista: motivos que pueden desencadenar los efectos, pero que, en ningún modo los originan.

El principal error en la evaluación del comportamiento humano consiste en confundir causas con motivos. Toda actuación tendrá ambos componentes, pero las consecuencias de unas y otros son muy diferentes. Mientras las causas generan efectos y son la real explicación de su existencia, los motivos provocan que se manifiesten. Las causas de un determinado proceso pueden estar latentes durante largos períodos de tiempo, incubándose en la existencia individual o social, pero sólo cuando ocurra un determinado motivo tal efecto se presentará. Las causas son como el barril de pólvora, mientras que los motivos serán la chispa que lo hará estallar. Una enfermedad se manifiesta por los síntomas que motivan malestar y deterioro de la salud, pero la verdadera causa no está en la fiebre o el dolor, sino en el mal funcionamiento de un determinado órgano o sistema corporal.

Así que para un correcto ejercicio de racionalidad en la toma de decisiones en el marco de las relaciones humanas es indispensable tener la necesaria capacidad para distinguir las verdaderas causas de un efecto, de los motivos que pudieron desencadenarlo. Por ejemplo: un estallido de violencia entre ambos miembros de una pareja parecería motivado por una cierta actuación de alguno de sus integrantes, un acto indebido o una palabra mal interpretada. En medio de la crisis sería imposible para ellos identificar a ese motivo como solamente “la gota que colmó la copa”, desconociendo que la verdadera causa del conflicto es otra realidad, que fue acumulándose hasta provocar que la copa estuviese llena hasta su borde.

En tal caso, la ayuda de un psicólogo u otro profesional, como observador externo y no comprometido con esa realidad, podría evidenciar causas como: incomunicación en la pareja, ausencia de confianza mutua, exclusión en las decisiones, problemas traumáticos o de personalidad en algún miembro, etc. De modo que la correcta solución del conflicto estaría en abordar las causas y no agotarse en la exposición de los motivos.

Estoy ahora en condiciones de responder la pregunta con que titulo este artículo: ¿qué es más importante: las causas o los motivos…?

Sin dudas no es adecuado quedarse sólo con los motivos de los efectos, sobre todo si estos son problemáticos, pues con eso sólo comprenderemos por qué se manifestaron, pero no por qué surgieron, de modo que no podremos resolverlos exitosamente. Es preciso descubrir las causas, y cómo modificarlas para eliminar el trauma causado.

Sin embargo, siempre se requerirá de acciones que permitan a los efectos manifestarse, darse a conocer, y esa es la misión de los motivos. En resumen, son importantes tanto unas como otros, cuando se aplican con absoluta racionalidad en nuestra toma de decisiones. No basta con albergar profundos sentimientos hacia una persona… es indispensable demostrarle amor, hacer que se sienta amada. El amor es la verdadera causa de nuestra actuación, y nuestras acciones amorosas conllevan los motivos para obtener, como efecto, una profunda y verdadera relación interpersonal. Tal es, en definitiva, la clave de la felicidad…

 

EL AMOR EN LA TRASCENDENCIA HUMANA

La sociedad humana está obligada a trascender, pues sólo con el tránsito de una generación a otra se hará realidad su desarrollo frente a las crudas exigencias de la Naturaleza. El ser humano necesita trascender, pues gracias a ello su esencia espiritual se conservará de hijos a nietos y demás descendientes, haciendo válida la obra de la vida. Trascender conlleva la máxima aspiración de la inteligencia humana, tanto en lo individual como en lo social. Por eso cada individuo inteligente se empeña en ocupar, con sus pensamientos y acciones, un lugar en el recuento histórico de sus semejantes.

Mientras la inseminación artificial y la clonación humana no sean prácticas plenamente aceptadas y establecidas, el único modo de trascendencia biológica que tiene el Homo Sapiens es mediante la procreación sexual. La relación íntima entre personas de sexos diferentes ha tenido, a lo largo de la historia humana, este propósito al margen de normas morales y legales que la civilización fue instaurando con su evolución social. La sabia Naturaleza contribuye a ese fin de forma determinante…

Así, el “homo macho” posee capacidad física para preñar a infinidad de mujeres, y superar los límites de la gestación, que inhabilita durante meses la capacidad reproductiva del “homo hembra”, lo cual permitió a la especie humana crecer y multiplicarse para dominar el planeta. Esto es absolutamente real, aunque moleste a movimientos feministas que pretendan desconocer el rol de fornicador por excelencia del “homo macho” y aspiran a la igualdad total entre los sexos, imposible de alcanzar, pues somos biológicamente diferentes. En ese fundamento biológico establecido por la Naturaleza están las consabidas causas del machismo y de la dominación masculina sobre las féminas, asumiéndolas, desde siempre como objetos de placer.

Las mujeres se adaptaron a esa condición, al extremo de que, conscientemente o no, participan en el mercado sexual vendiendo sus imágenes en concursos de belleza, desfiles de modas, y otras exigencias de la sociedad de consumo, bajo el reclamo de un determinado “libre albedrío” que, en gran medida, contribuye a la desestabilización de la sociedad. Esta, históricamente ha pretendido normalizar las relaciones humanas mediante leyes y procedimientos “civilizados”, uno de los cuales es el matrimonio, concebido como la unión legal entre un hombre y una mujer, con una necesidad sobre todo de tipo administrativo, no biológico, pues, para tener hijos no hace falta estar casados; pero para establecer condiciones de vida y derecho a bienes materiales sí…

Pero, como dice el dicho, “es peor el remedio que la enfermedad”, pues, el matrimonio trae aparejadas varias consecuencias:

a)    Primero: se instaura el sentido de propiedad en el seno de la pareja, la dominación de uno sobre otro, el hábito de decir; “eres mío(a)”, causa de infinidad de males como la celopatía y la violencia doméstica.

b)    Segundo: lo anterior hace necesaria la mentira en las relaciones íntimas, disimular los verdaderos sentimientos, bien por temor a represalias violentas o a la pérdida de beneficios materiales.

c)    Tercero: lo anterior hace inevitable la infidelidad, buscar en las sombras las verdaderas pasiones y sentimientos que no se encuentran en la relación matrimonial.

d)    Cuarto: todo lo anterior desencadena la esclavitud conyugal. ¡Nunca mejor usado el término!... conyugal significa con yugo, que como explica el diccionario, es el “dominio u opresión que una o varias personas ejercen despóticamente sobre otras”.

A estas alturas de mi diatriba es lógico suponer que estoy en contra del matrimonio, lo cual es cierto por considerarlo una gran inutilidad sentimental, a pesar de que tengo más de 40 años de casado (¿será justamente por eso…?). Pero no estoy en contra del amor… ese profundo estado afectivo que puede relacionar entre sí a dos personas (de distintos o iguales sexos) para compartir empeños comunes en la vida.

El amor puede manifestarse de varias formas:

·         Paternal/maternal: el de padres y madres hacia los hijos, siendo inconmensurable.

·         Filial: el de los hijos hacia padres y madres, comúnmente indefinido y condicionado.

·         Fraternal: el de los hermanos y amigos, que puede llegar a ser incondicional.

·         Divino: desde la fe que se profesa, siendo reverencial, basado en el respeto y el temor.

·         Conyugal: el menos real, sustentado por un contrato social entre las partes.

El amor ha de estar presente en todo empeño de trascendencia humana. Sin dudas trascenderá aquello que se construya con amor, cualquiera sea su naturaleza… bien sea la escritura de un libro, la creación de una obra de arte, la forja de una profunda amistad, o la unión entre dos seres para procrear un hijo. Para esto último no hace falta un procedimiento artificial, como es el matrimonio. Se requiere de una amistad sin barreras, donde cada una de las partes esté decidida a asumir luego sus deberes paternales/maternales sin la necesidad de un contrato social… simplemente por amor. Semejante amor no aceptará el sentido de propiedad, erradicará la mentira, hará innecesaria la infidelidad, y no dará sitio a la esclavitud conyugal. ¡ESTARÁ BASADO EN EL PLENO EJERCICIO DE LA LIBERTAD!