Desde sus orígenes la ética fue un contenido de la filosofía y fueron los filósofos del antiguo mundo clásico, griego, quienes formularon las primeras líneas de pensamiento en torno a las normas que deben regir el comportamiento humano dentro de principios morales basados en el ejercicio de la bondad con diversas motivaciones, tanto religiosas como de convivencia social. Desde el enfoque de la Ludología, la ética es una disciplina básica que hace un acercamiento al tema del juego desde la formación en valores, por lo que sus aportaciones teóricas resultan fundamentales. La esencia de las doctrinas éticas es el estudio de la bondad, cualidad que cuando se ejercita en la sociedad humana contribuye a su más adecuado funcionamiento por la calidad en las relaciones interpersonales basadas en el respeto al derecho ajeno.
Las diversas
escuelas filosóficas han tratado el tema ético del bien como la más elevada cualidad
humana, que se persigue en función de la felicidad, del deber o de la
perfección en el comportamiento, en correspondencia con modelos que pueden
estar en un dios, en la naturaleza o en el razonamiento personal, según lo cual
la satisfacción en la vida se alcanza cuando una persona consigue la perfección
mediante el cumplimiento del deber, lo que le otorga felicidad, proceso para el
cual es fundamental aplicar como recursos efectivos la prudencia, el placer y
el ejercicio del poder. Diversas doctrinas filosóficas han desarrollado estos
conceptos en sus formulaciones éticas a lo largo de la historia de la Humanidad.
Para la Ludología las herramientas de prudencia, placer y poder tienen una
connotación diferente a la que le han otorgado las doctrinas éticas clásicas. De
tal modo, el placer se considera derivado del desarrollo humano, la prudencia
se vincula al ejercicio de la libertad, mientras que el poder se aplica en sus
diversas formas y esferas de influencia, desde el individuo hasta la comunidad.
La necesidad
de normar las relaciones personales en el seno de la sociedad humana, a fin de
que estas fluyesen del modo más adecuado y harmónico posible, impuso la
observancia de normas de comportamiento y fundamentos morales en los grupos
humanos desde el surgimiento de la civilización, precisando lo que era bueno y
lo que era malo, lo aceptable y lo rechazable. Pero fue en la Grecia clásica
donde los fundamentos éticos alcanzaron dimensión epistemológica, al vincularse
con las doctrinas filosóficas elaboradas por los grandes pensadores de la
época. Como consecuencia de su largo recorrido histórico, los conceptos éticos
han llegado hasta nuestros días con una validez reconocida y aceptada, incluso
al margen de las doctrinas filosóficas, adquiriendo la ética categoría de
ciencia en sí misma.
Un propósito
esencial de la disciplina es indagar en torno a la relación del ser humano con
la realidad, lo que se ha realizado a partir de dos concepciones básicas:
materialistas, que plantean la existencia material de la realidad, e
idealistas, que concluyen que esta es un producto de nuestras ideas. Ambas
concepciones ideológicas han conllevado aplicaciones prácticas en el campo de
la política y demás relaciones sociales. Así, el materialismo, al reconocer la
existencia objetiva de la realidad abre las puertas a la posibilidad de
modificarla con la acción individual, lo cual es la base para corrientes
revolucionarias en la sociedad humana, en tanto que el idealismo, al negar esa
objetividad cierra tal posibilidad, pues es atribución exclusiva de una idea
superior, con la que se identifica la voluntad de Dios. Materialismo e
idealismo han sido doctrinas filosóficas antagónicas hasta nuestros días.
La aplicación
de la ética a la pedagogía se concreta con la formación en valores, que ocurre
como resultado tanto de la educación formal como de la no formal, y es por
tanto atribución de las instituciones educativas, así como de las familias y
demás factores que configuran la cultura en la comunidad, lo cual incluye, por
supuesto, a las actividades lúdicas. La formación en valores tiene que ser un
componente permanente y privilegiado en todo empeño educativo, pues no basta
con aportar conocimientos, habilidades y destrezas a las nuevas generaciones,
sino que es incluso más importante dotarlas de convicciones morales y hábitos
de conducta que les permitan interactuar del mejor modo en el seno de la
sociedad, creando así ciudadanos que se propongan ser cada vez mejores seres
humanos.
También la
sociología considera aplicaciones de la ética en sus concepciones teóricas; la
más importante tiene que ver con el desarrollo humano, que en algunos casos es
considerado como un resultado del estado de bien-estar mientras que en otros
requiere de las condiciones del bien-ser, así hay sociedades donde la calidad
de vida no se mide por el nivel de confort y consumismo de los pobladores, sino
por el grado de calidad humana que practican, incluso viviendo en condiciones
materiales extremas. El ascetismo de los monjes tibetanos es un buen ejemplo de
esto. En la práctica social los fundamentos éticos son contenidos en las normas
que rigen el funcionamiento de sus estructuras básicas, como son los centros
laborales, educativos y otras dependencias, y también en la familia, aunque no
estén escritos en un documento, pero sí forman parte de las denominadas buenas
costumbres que rigen el comportamiento de las personas en la sociedad. De modo
que el estudio de la ética como disciplina es esencial para alcanzar un
adecuado nivel de comprensión de tales fundamentos.
La justicia,
la profesionalidad y la excelencia son principios éticos que rigen la actuación
personal responsable en diferentes ámbitos sociales, razón por la cual se
elaboran y aplican los denominados códigos de ética como constancia de que tal
voluntad existe y se trabaja en consecuencia para alcanzarlos. Lamentablemente,
en más ocasión que las deseadas tales principios se violan y se subordinan a
intereses más pragmáticos y materiales, bajo el lema de “haz lo que yo digo y
no lo que yo hago”, lo cual daña la confianza de las personas en las
instituciones, lo que es extremadamente malo cuando ocurre en el seno familiar,
escolar, laboral o comunitario, donde se convierte en la principal debilidad de
la demagogia política.