La
comunicación es la acción más permanente y constante que realizamos, no sólo
los seres humanos, sino todo lo que existe en el Universo. El hecho de vivir en
colectivos sociales impone la necesidad de que se establezcan interacciones
entre sus miembros para lograr todos los fines de la existencia. En esa
dinámica social, la comunicación adopta formas muy diversas, una de las cuales
está conformada por las actividades lúdicas, lo cual es tema de estudio para la
Ludología.
El acto
comunicacional sucede cuando entre un agente transmisor y un agente receptor
ocurre el intercambio de mensajes en códigos compartidos por ambos, lo que
otorga significado al contenido transmitido. Al intercambiarse las funciones de
transmisor y receptor entre los participantes se produce el diálogo que
propicia la interacción en la sociedad. El código empleado puede ser muy
diverso, tanto en forma oral como gestual, o mediante el uso de otros signos,
con la única condición de que sus significados sean conocidos por todos los
participantes. Si el código es desconocido por algunos de los participantes
estos quedan privados de la capacidad de comprensión del lenguaje transmitido,
y por tanto son excluidos del acto comunicacional. La leyenda bíblica de la
torre de Babel cuando Dios confundió los dialectos que hablaban sus
constructores para evitar que se pusiesen de acuerdo, frustrando con eso el
proyecto constructivo ilustra muy bien la necesidad de compartir códigos con
significados conocidos para poder comunicarse socialmente.
La
comunicación es una constante tanto en la naturaleza como en la sociedad. En la
naturaleza son múltiples las muestras de acciones de intercambio de
información, tanto entre plantas como entre animales, empleando una gran
variedad de vías y códigos. Pero es en la sociedad humana donde esta acción se
ha multiplicado notablemente con el desarrollo científico-técnico, impulsando a
las tecnologías de la información y la comunicación, las conocidas TICS. Con la
creación y progresivo perfeccionamiento de Internet la comunicación en la
sociedad humana ha alcanzado niveles planetarios, permitiendo el intercambio de
información a escala global y en todas las esferas del conocimiento. De modo
que en la actualidad la verdadera riqueza cultural de una sociedad está
determinada por la variedad de códigos de comunicación que utilicen sus
miembros.
Tales códigos
abarcan tanto los aspectos superestructurales como estructurales o funcionales.
En el caso de los primeros la lúdica es su máximo exponente, con el juego, el
arte, el deporte, la religión, la educación no formal y otras manifestaciones
de la espiritualidad como sus manifestaciones concretas de interacción social;
en cuanto a los procesos funcionales, se refieren a las estructuras que
aseguran el adecuado funcionamiento de la sociedad mediante la educación
formal, la economía, las leyes, las relaciones nacionales e internacionales, y
los idiomas como herramientas para el entendimiento y la cooperación.
El estudio de
la comunicación social no posee antecedentes tan extendidos como otras
disciplinas humanísticas, pues en la antigüedad no se le prestó adecuada
atención al acto de comunicarse entre sí, considerándolo una acción
absolutamente natural. Fue Aristóteles quien en la Grecia antigua promovió la
denominada retórica, una técnica dirigida al convencimiento de las multitudes
mediante la palabra, lo cual dependía sobre todo de las habilidades espeses expresivas
del orador. La invención de la imprenta dio un notable impulso a la
comunicación social, permitiendo la edición de publicaciones con las que
masificar los mensajes que se transmitían a la comunidad, lo que dio origen a
los primeros periódicos como vehículos informativos. Pero los estudios sobre la
disciplina, particularmente en torno a la retórica o habilidad para arrastrar a
multitudes mediante el discurso, se hicieron eficaces con la práctica demagógica
de los regímenes fascistas en Italia y Alemania en la preparación de la Segunda
Guerra Mundial.
La
comunicación social como ciencia se divide en varias áreas o tipos, siendo la
comunicación interpersonal la que interesa a la Ludología, por ser la que
ocurre en el intercambio directo entre las personas, las que no pueden evitar
estar constantemente comunicándose con sus semejantes en el entorno social. El
ejercicio de la comunicación interpersonal encuentra una base psicológica en la
teoría de las inteligencias múltiples de Howard Garner, particularmente en dos
de las ocho formas que enumera: la inteligencia interpersonal y la inteligencia
interpersonal. Se trata de un tema transversal en la actividad humana, que
encontraremos en estudios pedagógicos, sociológicos y psicológicos. Tener en
cuenta la existencia de las inteligencias personales permite aplicar en el
proceso educativo estilos de aprendizaje adecuados a las mayores probabilidades
intelectuales e intereses de las personas. Las acciones lúdicas basadas en el
pleno ejercicio de la libertad potencian el uso de las inteligencias personales
estimulando la obtención del placer con actividades en correspondencia con
tales gustos y capacidades personales. Así, propiciar la práctica de juegos
educativos y con alta carga de socialización contribuye a estimular dichos
tipos de inteligencia, al tiempo de facilitar la inserción del individuo en un
determinado colectivo; esto es, encauzar y resolver sus necesidades de
comunicación social, todo lo cual cuando ocurre en la infancia y la
adolescencia es una indispensable e insustituible preparación para una
posterior vida adulta exitosa.
Tal
influencia de las acciones lúdicas en el desarrollo de las inteligencias
personales se concreta particularmente con la adquisición, por parte del
individuo, de determinadas habilidades sociales, que son capacidades para su
comunicación con la sociedad en que se desenvuelve. Esas habilidades sociales
consisten en normas de conducta basadas en valores que a través del juego se
hacen parte de la personalidad en desarrollo de niños y adolescentes, y de ahí
la importancia del conocimiento y la acumulación de experiencias vivenciales
para incrementar las posibilidades personales de interpretar adecuadamente los
estímulos que se perciban del entorno. El déficit en estos recursos es lo que
hace a niños y niñas altamente vulnerables a riesgos y amenazas que no son
capaces de comprender, aunque puedan percibirlos.
Semejante
acto de percepción no puede calificarse como comunicación social, ya que aún no
están presentes la racionalidad que permite evaluar el mensaje percibido y los
códigos compartidos que permiten comprender su contenido. En la cotidianidad es
lo que ocurre cuando alguien nos habla, pero no alcanzamos a comprender lo que
dice, bien porque se presa en un argot o lenguaje desconocido, o porque emplea exabruptos
que hacen ininteligible su expresión. Así, que para que exista la comunicación
social, esa que requiere de un transmisor y un receptor, no basta con el acto
físico de la percepción de estímulos externos, sino que es indispensable el
proceso mental para procesar y comprender el mensaje recibido, interpretando
sus códigos según la base de datos que tiene que estar en nuestros mapas
mentales. Esta es la base psicológica del aprendizaje significativo en
pedagogía, así como de la inteligencia emocional, pues tal experiencia
vivencial se acumula en forma de emociones y sentimientos.
Así como
percibir no es igual que sentir, pues en el primer caso es un efecto
absolutamente físico, sensorial, y en el segundo es un resultado intelectual y
emotivo, tampoco son iguales oír y escuchar, mirar y ver, hablar y decir. Siempre
se puede oír, cuando nuestros oídos captan los sonidos provenientes del
entorno, pero eso no significa que se estará escuchando, ya que eso infiere la
interpretación de los mensajes contenidos en tales sonidos, completándose de
ese modo el proceso de comunicación social. Mucho más frecuentemente que lo que
suponemos nos limitamos a oír, pero sin escuchar, con lo cual el acto
comunicacional se rompe, perjudicándose las relaciones interpersonales.
Así como
ocurre con el oír y escuchar pasa con el mirar y ver. Siempre que dirijamos la
vista en una dirección donde existan adecuadas condiciones de iluminación,
podríamos mirar lo que hay allí, pero para ver se requiere algo más,
generalmente la intencionalidad de descubrir algo, de priorizar la búsqueda
para encontrar lo deseado. Cuando se mira, la visión actúa como una cámara
fotográfica en ángulo ancho, captando el panorama; cuando se ve, actuará como
un lente enfocado en un punto del paisaje a fin de captarlo con toda claridad,
a costa de dejar el resto en la indefinición. Mirar
es una acción automática, refleja, en tanto que ver es un propósito
intencional, reflexivo. Todos tenemos la capacidad de mirar, pero no todos
poseemos la de ver en cualquier circunstancia, y es preciso aprender a hacerlo
para mejorar nuestra capacidad de comunicación social. Los test de inteligencia
con estímulo visuales se basan en estos dos tipos de capacidades: la de mirar
la realidad percibida y la de ver la realidad deseada, así que siempre debes
responder a lo primero que veas en una imagen, tu realidad percibida, y no
todos tienen la capacidad intelectual para apreciar la realidad deseada, oculta
en la imagen.
Quizás la
comparación en que los resultados afecten con mayor frecuencia al acto de
comunicación social es la que ocurre entre hablar y decir. El personaje de Cantinflas
lo ilustra a la perfección… habla mucho, pero dice nada. El hablar es la
verborrea, el derroche de palabras con que solemos bombardear a los demás; pero
para que se produzca el decir tales palabras tienen necesariamente que contener
un mensaje comprensible y aceptado. En el primer caso, el auditorio se
protegerá simplemente oyendo, pero no escuchando; en el segundo caso, cuando el
contenido lo que decimos sea significativo para ellos, seguramente además de
oír nos escucharán. En la práctica profesional, sobre todo de pedagogos,
sociólogos, psicólogos, comunicadores sociales y cualquier persona ocupada en
transmitir mensajes a los demás, es fundamental eliminar el hablar e
implementar el decir, para lo cual bastará con indagar que contenidos pueden
ser significativos para el auditorio, a fin de discursar sobre ellos. Comúnmente
quienes hacen derroche de conocimientos y se van por encima del interés
colectivo, están cultivando su egolatría y pretenden escucharse a sí mismos. Al
final es común que los participantes concluyan: “se ve que sabe ese profesor,
pero la verdad es que no le entendí nada”. Al igual que Cantinflas simplemente
habló, pero dijo nada.
Comunicarse
con los demás es la mayor razón de vida para cada persona, y el modo más
efectivo de lograrlo es teniendo la capacidad de ponerse en los zapatos del
otro, esto es desarrollando la empatía, el sentimiento de experimentar las
vivencias ajenas como si fuesen propias. La relación empática es lo que nos
permite alcanzar cada vez más una posición más alta en la condición humana. La
comunicación social se realiza mediante códigos compartidos por los miembros de
una sociedad. El lenguaje oral, escrito, gestual, y otra forma de comunicación
interpersonal están basados en signos que conforman los códigos con significado
compartido. La disciplina que estudia tales signos es la semiótica. Aunque ya
desde la antigüedad griega filósofos como Platón y Aristóteles exploraron la
relación entre los signos y el mundo, no es hasta inicios del siglo XX cuando
se configura la nueva ciencia y se crean las bases para la interpretación
semiótica de la comunicación social. Los lingüistas Ferdinand D´Saussure, y Humberto
Eco son figuras destacadas en este proceso. En el campo de la semiótica existen
diversas áreas, y una de ellas se dedica al uso de los signos en función de la
recreación y el juego. Los acertijos son una muestra de eso. En el ejercicio
diario de la comunicación social.
Los seres
humanos se ven continuamente en la necesidad de establecer negociaciones entre
ellos. Negociar significa ponerse de acuerdo, intercambiar intereses para
llegar a conclusiones compartidas, a fin de tomar las decisiones más adecuadas
para actuar. La toma de decisiones es el momento cumbre y definitivo de la
acción comunicacional humana, que se inicia con el intercambio interpersonal y
sigue con el acto de la negociación. Tomar decisiones significa elegir entre
varias variantes de actuación aquella que mejor convenga a los intereses y
necesidades propios, lo que puede hacerse desde dos condiciones previas: bajo
el impulso de los sentimientos y emociones, provocando decisiones emotivas, o
bajo el rigor de la lógica y el razonamiento, generando decisiones racionales.
Con mayor frecuencia que la deseada las personas equivocan el método y toman
decisiones equivocadas que les conducen al fracaso y la frustración, pero a
tomar decisiones acertadas se puede aprender.