En
correspondencia con ese proceso de cambios evolutivos combinando lo natural con
lo cultural, nuestra especie está actualmente, y estará en el futuro, sometida
a modificaciones sustanciales. La más significativa es la que ocurre entre sus
miembros hombres y sus miembros mujeres. En épocas primitivas, cuando la
supervivencia era prioridad, ambos sexos eran equivalentes y muy semejantes;
pero cuando ocurrió la primera gran división del trabajo, vinculada a la
revolución agrícola, y las comunidades humanas pasaron de la vida nómada a la
sedentaria, las diferencias en los roles sociales de géneros se ensancharon
marcadamente, y así hasta nuestros días.
De modo que
un mayor desarrollo de la civilización humana propició la división de la
especie en dos grupos con diferencias no solo sexuales de género, sino además
culturales: Homo sapiens male y Homo sapiens female. Aunque la inmensa mayoría
de las personas ignora esta realidad, lo cierto es que hombres y mujeres no
somos iguales, somos diferentes tanto en cuerpo como en mente y son más de las
cosas que nos diferencian que las que nos igualan. Es lógico que las leyes se
propongan establecer igualdad entre hombres y mujeres en cuanto a deberes y
derechos, pero no es lógico que movimientos sociales, sobre todo feministas,
pretendan igualar a las mujeres con los hombres en todos los campos,
ignorándose que las primeras tienen ventajas físicas e intelectuales y que tal
comparación pudiera equivaler a retrocesos.
La historia
reciente de la Humanidad, la que se cuenta a partir del nacimiento de Cristo,
entró en su tercer milenio. Un recuento histórico a los dos milenios anteriores
permite comprender la magnitud del colosal salto dado por los “hombres sabios”
en la construcción de su civilización. Hoy el ser humano ha alcanzado tal grado
de desarrollo científico-técnico y cultural que puede alcanzar casi cualquier
meta que se proponga y para la cual se logre la participación concertada de
todas las naciones. La meta es la salida al Sistema solar, la llegada al
planeta Marte y a otros destinos cósmicos, con lo cual se estaría comenzando la
construcción de una civilización de segundo grado, dejando atrás la cuna
planetaria donde vive la Humanidad desde su nacimiento.
En el largo
proceso de perfeccionamiento de la sociedad humana mediante el desarrollo de la
espiritualidad ocupan un papel destacado las actividades lúdicas, por ser
promotoras de estados placenteros de bien-estar y de bien-ser, promover
adecuadas relaciones personales y dar prioridad a los estados de ánimo
positivo, de modo que el Homo ludens está en el camino del perfeccionamiento de
la condición humana.
El término Homo
ludens conlleva la dimensión cultural del ser humano que juega, que cultiva la
creatividad y a la vez promueve la espiritualidad como manifestación de la
conducta ante la realidad, alejándose de los vicios derivados de una
materialidad ambiciosa y desenfrenada, generadora de todos los conflictos en la
sociedad humana. Una de las cualidades básicas que identifican al juego como
actividad lúdica por excelencia, es ser una representación simbólica de la
realidad. Al jugar niños y niñas reproducen hechos observados en su contexto
social, con el fin de conocerlos y aprender a realizarlos, como una preparación
para la vida adulta. Estudiando las formas del juego infantil los etnólogos
podrían conocer cómo vivían los pueblos de cualquier época y lugar.
Claro que el
juego infantil es posterior al surgimiento de la lúdica, pues las primeras
manifestaciones de esta tenían el carácter de acciones simbólicas, con sentido
místico y mágico, siendo actividades serias que involucraban a los adultos para
invocar a los dioses con sus danzas y cantos, y procurar éxito en las acciones
de caza mediante su representación en las pinturas. Después, estas acciones
pasaron a ser realizadas por niños y niñas, perdiendo su carácter serio y
convirtiéndose en juegos placenteros ejercidos con absoluta libertad. Así, el
juego ha estado presente en todos los pueblos y en cada etapa de la
civilización humana. José Martí expuso una muestra de ello en “La Edad de Oro”
describiendo para sus pequeños lectores cómo jugaban niños y niñas de varios
pueblos antiguos. Seguidamente el texto del artículo martiano “Un juego nuevo y
otros viejos”.
Ahora hay en
los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el juego del burro. En
verano, cuando se oyen muchas carcajadas en una casa, es que están jugando al
burro. No lo juegan los niños solo, sino las personas mayores. Y es lo más
fácil de hacer. En una hoja de papel grande o en un pedazo de tela blanca se
pinta un burro, como del tamaño de un perro. Con carbón vegetal se le puede
pintar, porque el carbón de piedra no pinta, sino el otro, el que se hace
quemando debajo de una pila de tierra la madera de los árboles. O con un pincel
mojado en tinta se puede dibujar también el burro, porque no hay que pintar de
negro la figura toda, sino las líneas de afuera, el contorno nomás. Se pinta
todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo de papel o
de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola de verdad. Y ahí está el
juego, en poner la cola al burro donde debe estar. Lo que no es tan fácil como
parece, porque al que juega le vendan los ojos, y le dan tres vueltas antes de
dejarlo andar. Y el anda, anda y la gente sujeta la risa. Y unos le clavan al
burro la cola en la pesuña, o en las costillas, o en la frente. Y otros la
clavan en la hoja de la puerta, creyendo que es el burro. Dicen en los Estados
Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha habido antes, pero no es muy
nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina ciega.
Es muy
curioso, los niños de ahora juegan lo mismo que los niños de antes la gente de
los pueblos que no se han visto nunca juegan a las mismas cosas. Se habla mucho
de los griegos y de los romanos, que vivieron hace 2000 años, pero los niños
romanos jugaban a las bolas, lo mismo que nosotros, y las niñas griegas tenían
muñecas con pelo de verdad, como las niñas de ahora. En la lámina están unas
niñas griegas, poniendo sus muñecas delante de la estatua de Diana, que era
como una santa de entonces porque los griegos creían también que en cielo había
santos, y a esta Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir y las
tuviese siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevaban los niños,
porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa con cara de emperador, le
trae su cochecito de madera, para que Diana se monte en el coche cuando salga a
casar, como dicen que salía todas las mañanas.
Nunca hubo
Diana ninguna, por supuesto. Ni hubo ninguno de los otros dioses a que les
rezaban los griegos, en versos muy hermosos, y con procesiones y cantos. Los
griegos fueron como todos los pueblos nuevos, que creen que ellos son los amos
del mundo, lo mismo que creen los niños, y como ven que del cielo vienen el Sol
y la lluvia, y que la tierra da el trigo y el maíz, y que en los montes hay
pájaros y animales buenos para comer, les rezan a la tierra y a la lluvia y al
monte y al Sol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con
figura humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y que
deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte. En el museo del
Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Diana cazando
con su perro, y está tan bien que parece que anda. Las piernas no más son como
de hombre, para que se vea que es diosa que camina mucho. Y las niñas griegas
querían a su muñeca tanto, que cuando se morían las enterraban con las muñecas.
Todos los
juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muñecas, ni como el
cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como los saltos. La gallina
ciega no es tan vieja, aunque hace como mil años que se juega en Francia. Y los
niños no saben, cuando les vendan los ojos, que este juego se juega por un
caballero muy valiente que hubo en Francia, que se quedó ciego un día de pelea,
y no soltó la espada ni quiso que lo curasen, sino siguió peleando hasta morir.
Luego el rey mandó a que en las peleas de juego, que se llamaban torneos,
saliera siempre a pelear un caballero con los ojos vendados, para que la gente
de Francia no se olvidara de aquel gran valor. Y ahí vino el juego.
Lo que no
parece por cierto cosa de hombres es esa diversión en que están entretenidos
los amigos de Enrique III, que también fue rey de Francia, pero no un rey bravo
y generoso como Enrique IV de Navarra, que vino después, sino un hombrecito
ridículo, como esos que no piensan más que en peinarse y empolvarse como las
mujeres, y en cortarse en pico la barba. En eso pasaban la vida a los amigos
del rey, en jugar y en pelearse por celos con los bufones de palacio, que les
tenían odio por holgazanes, y se lo decían cara a cara. La pobre Francia estaba
en la miseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribución para que el
rey y sus amigos tuvieran espadas de puño de oro y vestidos de seda. Entonces
no había periódicos que dijeran la verdad. Los bufones eran entonces algo como
los periódicos, y los reyes no los tenían sólo en sus palacios para que los
hicieran reír, sino para que averiguasen lo que sucedía, y les dijesen a los
caballeros las verdades, que los bufones decían como en chiste, a los
caballeros y a los mismos reyes.
Los bufones
eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, o jorobados. Uno de los
cuadros más tristes del mundo es el cuadro de los bufones que pintó el español
Samacois. Todos aquellos hombres infelices están esperando a que el rey los
llame para hacerle reír, con sus vestidos de picos y de campanillas, de color
de mono o de cotorra. Desnudos como están son más felices que ellos esos negros
que bailan en la otra lámina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los
niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho y
dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se quiere,
y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, como una
locura.
Los moros
tienen una fiesta de caballos que llaman la fantasía. Otro pintor español ha
pintado muy bien la fiesta, el pobre Fortuni. Se ve en el cuadro a los moros
que entran a escape en la ciudad, con los caballos tan locos como ellos,
disparando al aire sus espingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales,
besándolos, mordiéndolos, echándose al suelo sin parar la carrera y volviéndose
a montar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de la pólvora.
Los hombres de todos los países, blancos o negros, japoneses o indios,
necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y movimiento, como esa
danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. En Nueva Zelandia hay mucho
calor, y los negros de allí son hombres de cuerpo arrogante, como los que andan
mucho a pie, y gente brava, que pelea por su tierra también como danza en el
palo. Ellos suben y bajan por las cuerdas, y se van enroscando hasta que la
cuerda está a la mitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo
mismo que un columpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de
la rodilla. Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos a
otros y se abrazan.
Los indios de
México tenían, cuando vinieron los españoles, esa misma danza del palo. Tenían
juegos muy lindos los indios de México. Eran hombres muy finos y trabajadores,
y no conocían la pólvora y las balas como los soldados del español Cortés, pero
su ciudad era como de plata, y la plata misma la labraban como un encaje, con
tanta delicadeza como en la mejor joyería. En sus juegos eran tan ligeros y
originales como en sus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una
diversión de mucha agilidad, y atrevimiento, porque se echaban desde lo alto
del palo, que tenía unas 20 varas, y venían por el aire dando volteos y
haciendo pruebas de gimnasios sin sujetarse más que con la soga, que ellos
tejían muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremecía ver a aquel
atrevimiento, y un libro viejo cuenta que era horrible y espantoso, que llena
de congojas y asusta el mirarlo.
Los ingleses
creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos no más saben lucir su
habilidad en las ferias con el garrote, que empuñan por una punta y por el
medio como la porra, que juegan muy bien. Los isleños de las Canarias, que son
gente de mucha fuerza, creen que el palo no es invención del inglés, sino de
las islas y sí que es cosa de verse un isleño jugando al palo, y haciendo el
molinete, lo mismo que el luchar, que en las Canarias la enseñan a los niños en
las escuelas. Y la danza del palo encentado, que es un baile muy difícil, en
que cada hombre tiene una cinta de un color y la va trenzando y destrenzando
alrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse nunca. Pero
los indios de México jugaban al palo también como el inglés más rubio, o el
canario de más espaldas, y no era sólo defenderse con él lo que sabían, sino
jugar con el palo a equilibrios, como los que hacen ahora los japoneses y los
moros cabilas.
Y ya van
cinco pueblos que han hecho lo mismo que los indios, los de Nueva Zelandia, los
ingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota, que
todos los pueblos la juegan y entre los indios era una pasión, como que
creyeron que el buen jugador era hombre venido del cielo y que los dioses
mexicanos, que eran diferentes a los dioses griegos, bajaban a decirle cómo
debía tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que es muy curioso, será
para otro día. Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los
indios hacían con él, que eran de grandísima dificultad. Los indios se
acostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a jugar a
las bolas o al barril, y en el palo, atravesados sobre las plantas de los pies
sostenían hasta cuatro hombres, que es más que lo de los moros, porque a los
moros los sostiene el más fuerte de ellos sobre los hombros, pero no sobre la
planta de los pies. Dos indios se subían primero en las puntas del palo, dos
más se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hacían sin caerse muchas
suertes y vueltas.
Y los indios
tenían su ajedrez y sus jugadores de manos, que se comían la lana encendida y
la echaban por la nariz. Pero eso, como la pelota, será para otro día. Porque
con los cuentos se ha de hacer lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala:
“Chichá, ¿por qué te comes esa aceituna tan despacio? ¡Por qué me gusta mucho!”